Ilusión por el futuro. Las transferencias desde mi pizarra

 

Por Raúl Aguado García (Profesor de Educación Secundaria)

 

"Hay que generar un proyecto ilusionante en el que crean los padres, en el que los chicos y chicas se sientan crecer y en el que los profesores confiemos"

Desde principios de año, en el terreno de la educación, somos un poco más extremeños. Es decir, tenemos más capacidad de decisión sobre cómo queremos diseñar nuestro futuro y, sobre todo, a partir de qué necesidades vamos a dibujarlo. Porque la educación es una apuesta de futuro, al menos para mí.

         Posiblemente lo que yo espero de las transferencias no sea nada del otro mundo, porque soy bastante realista; pero eso que espero deseo con ganas que se cumpla, porque también soy optimista. 

¿Y qué es lo que espero? Pues como profesor espero que las transferencias impliquen un cambio de mentalidad: la educación -ya lo he dicho- es futuro, es una inversión a largo plazo de la que pocas veces se puede sacar rentabilidad electoral, por eso es necesario que nuestros representantes sean capaces de superar la barrera de los cuatro años y concebir un proyecto que abarque, al menos, toda la vida escolar de una generación. Y la vida escolar de esa generación debe tener un nuevo aspecto. Debe estar cargada de posibilidades. Si vive en un pueblo pequeño debe poder cursar allí, con todas las garantías, sus primeros años; garantías de calidad y de acceso a los nuevos sistemas de educación que son a la vez una garantía de pervivencia de los propios pueblos y aldeas. Después, cuando crezca, debe poder elegir entre una oferta real. Una oferta planificada y que sepa combinar las necesidades de la sociedad de ese momento, y de los años siguientes, con los gustos y características de ese niño o niña. Una oferta que esté distribuida de forma racional por nuestra Comunidad y que esté apoyada por instalaciones modernas y dotadas.

         En definitiva, espero un plan estratégico que permita a todos acceder a la educación obligatoria en igualdad de condiciones y con iguales posibilidades de futuro, y espero un diseño de bachilleratos y de formación profesional preparado y dotado para ser flexible y adaptarse a las necesidades que vayan surgiendo.

         Para todo eso hace falta dinero, una inyección económica fuerte; pero no es lo único. Hace falta también una inyección moral: hay que generar un proyecto ilusionante en el que crean los padres, en el que los chicos y chicas se sientan crecer y en el que los profesores confiemos.

         Hasta ahora, la estructura del MEC nos quedaba lejos, nos venia grande y nos parecía ajena. Como profesor considero que las transferencias me deben hacer más partícipe de la educación, y no sólo del sistema educativo. Como profesor confío en que no sólo se me asignen unos grupos a los que enseñar del mejor modo posible, sino que se me consulte sobre cómo optimizar los recursos y como diseñar nuestro futuro. Porque la educación es futuro, y yo tengo ilusión.